Llegué a casa cansada, dejé mi mochila caer sobre el mueble
principal de la entrada y fui a mi cuarto. Entré y me senté sobre la cama,
pensando en el porqué de las cosas sin repuesta, pero seguía sin encontrar
solución alguna. Cogí mi móvil, coloqué mis auriculares y puse música, al
máximo volumen. No quería oír mis pensamientos. Cerré los ojos lo que a mí me
pareció un segundo, pero cuando los abrí eran las 6:30 de la tarde. ‘Otro día
desperdiciado’ pensé para mí. La música había cesado hace horas, así que cogí
mi móvil para apagarlo, y encontré un mensaje. Era de un amigo, pero no me
encontraba de humor para contestarlo, ni siquiera para leerlo. Me levanté de la
cama y me miré al espejo de mi habitación, observé que en mis mejillas había
lágrimas secas de cuando dormía. No me extrañó nada, la verdad. Encendí mi
ordenador, por si había ‘algo’ que me interesara. No, no vi nada interesante.
Volví a cerrarlo y me volví a tumbar, esta vez en el sofá. Cada vez que cerraba
los ojos, podía verte, eso me gustaba. Aunque solo te viera en sueños, todo
merecía la pena por ese simple hecho. Mi ojos se fueron abriendo lentamente,
como si de persianas de tratasen. Cuando terminaron de abrirse, lo vi todo con
mayor claridad. Estaba en una cheslón, al final de un ancho e inmenso pasillo.
Me puse en pie y me miré el cuerpo; no llevaba la misma ropa de antes. Aún así,
no me importó mucho. Pude escuchar algo al fondo del pasillo, y eché a correr,
quería saber que era aquel sonido tan embriagador. Algo se movía más allá, y
aligeré el paso. Al llegar al final de ese corredor sin salida, no había nada. Tuve
miedo por unos segundos, y entonces alguien me agarró por detrás. Grité a todo
pulmón, hasta quedarme sin aliento. Me giré, eras tú. Todos mis temores se
desvanecieron de golpe; estaba contigo. Tiraste de mí hacia tu cuerpo, tan
cerca que podía notar tu respiración, y cuando faltaban meros milímetros para
rozar tus labios… desperté. Y ahora sé que era aquel sonido; tu dulce y
embriagadora voz.
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